No poseo grandes riquezas ni una situación particularmente brillante en sociedad, y sobretodo carezco de principios. No tengo amigos influyentes, no sé lo que es vivir bien, pero tengo un amor propio desmesurado.
Soy feo, tosco, sucio y mal educado, en el sentido mundano de la palabra. Soy irascible, fastidioso, intolerante, tímido como un niño. Soy rústico. Lo que sé lo he aprendido por mi mismo, mal y a retazos, sin órden; y es bien poco. Soy intemperante, indeciso, inconstante, estúpidamente vanidoso y expansivo como todos los débiles. No soy valiente. Mi pereza es tal que el ocio se ha convertido para mi en exigencia. Soy honesto, en el sentido de que amo el bien, y me siento descontento cuando me alejo de él y siempre retorno a él con placer. Y, sin embargo, hay una cosa que amo áún más que el bien: la gloria. Soy tan ambicioso que si tuviera que elegir entre la gloria y la virtud, temo que escogería la primera. No soy modesto, verdaderamente. Y esta es la razón por la que parezco tímido a los demás, aunque interiormente soy orgulloso.
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