Yo, que por patria tengo al mundo entero, como los peces la mar, aunque bebí en el Arno antes de echar los dientes y amé tanto a Florencia que por su amor sobrellevé un destierro injusto, fundaré mis juicios en la razón, más que en el sentimiento.
El vulgo ignorante no tiene discreción en sus juicios; lo mismo que cree que el diámetro del sol no es mayor de un pie, así, en cuanto a las costumbres, es presa de la misma engañosa credulidad. Pero nosotros, que conocemos lo mejor de nuestra naturaleza, no vamos a seguirle como borregos, sino a corregir y enderezar sus errores. Pues los que viven conforme a entendimiento y razón, dotados de una especie de libertad divina, no se sienten atados a la opinión ajena. Y no hay que extrañarse, pues en vez de estar sujetos a la ley, ellos son los que la imponen y promulgan.
Es cierto y verdadero: soy una de las últimas ovejas del rebaño de Cristo. Realmente no presumo de autoridad pastoral ni soy rico. Mas por eso mismo lo que soy no lo soy por mis riquezas, sino por la gracia de Dios y el celo de su Casa que me devora. Además, mi maestro es aquél fiósofo que asentó eternos principios éticos y enseñó que la verdad ha de preferirse a los amigos.
...Entre tantos que se arrogan el oficio pastoral; y entre tantas ovejas descarriadas o por lo menos desamparadas y olvidadas en las praderas, mi voz es la de un simple fiel; pero la única que clama lastimeramente cuando la Iglesia está al borde del abismo.